jueves, 8 de abril de 2010

¿Mi manifiesto? 25/07/09

Estoy en paz. A veces, sucede, por increíble que parezca, que aparece la paz. Es extraño y es precioso cuando se vive como un cliché freudiano que cobró vida. La inteligencia, está sobrevalorada. Es un tema delicado que no todos saben manejar.

Y yo no soy ninguna elegida. Soy el cliché freudiano. Avanzo por el presente como si el pasado no estuviera detrás sino enfrente, siendo una pared que intento empujar pero claro, es inútil. Porque la pared no existe. Pero, ¿cómo convencerme?
Bueno, si llegué a la pregunta es que supongo que hay una respuesta.
Hay demasiadas personalidades en mí. A muchas de ellas las detesto, son una terrible compañía. Han visto cosas del mundo que no les gustaron y en lugar de descartarlas o procurar cambiarlas, se regodean en ellas. Están embrujadas por fantasmas que las persiguen y están muy endemoniadamente bien embrujadas. Al punto de que no se dan cuenta.
¿Cómo convencerlas de que los fantasmas no están allí? Maldito si lo sé. Son mis paladines, toman el mando de la defensa de la fortaleza sin pedirme permiso, y terminan hiriendo visitantes en los que solo veían fantasmas.
Mi punto es... que estoy en paz. Porque todas mis personalidades coinciden en una cosa y esa cosa es mi guía. Mi fe. Mi Ley. LA cosa de la que puedo estar segura.
La más difícil, extrema, gratificante y absoluta de las experiencias humanas. A riesgo de parecer obsesionada y esperando que entiendas que sencillamente estoy apasionada, voy a volver a repetir una vez más, redundando hasta el cansancio, que sólo por el amor vale la pena todo este esfuerzo.
Pero que eso no es excusa para NADA.
Duele, sí. En la misma exacta medida en que causa placer, y eso es justo. Está bien y se vuelve incuestionable, ahí es donde se encuentra la paz.
Dolerá en la medida en que hayas corrompido el aire a tu alrededor para tomar el placer, la alegría, el disfrute.
Pero la alegría, el placer y la paz, incluso el dolor, son la única cosa real, más real que cualquier logro escrito en un papel, más real que cualquier cosa que poseas que pueda convertirse en cenizas. Incluído tu propio cuerpo.
La alegría, la paz, el placer que se es capaz de obtener del hallazgo del amor es intransferible, imborrable, proyecta una luz sobre el pasado, aleja a los fantasmas y se convierte en un futuro al que aspirar.
Y eso, vale la pena cualquier esfuerzo. Le da sentido a cada paso, cada lágrima, cada suspiro.
Es mucho más fácil buscar tierra firme en el mar de las inseguridades cuando uno recuerda que lleva puesto el salvavidas: esa cosa que sabemos con seguridad.
Yo sé que te amo, sé que te amé y que te voy a amar. Ya no voy a usar eso como excusa para NADA. Me hago cargo del aire que corrompí, más no me arrepiento porque no me olvido del placer que me diste y te di. Me quedo con eso. Hace que todo lo andado haya valido la pena.
Estoy en paz. No me arrepiento de nada. Hice lo que pude.
No me arrepiento del amor.
Duele, en la misma medida en que me dio placer.
Y si me duele mucho es porque amé mucho.
Y eso vale la pena cualquier esfuerzo.

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