Se que hemos abusado de las palabras. Yo abusé. Les di una importancia que quizá no tengan, te torturé con las mías y te obligué a pensar demasiado las tuyas. Pero si son todo lo que tengo, si al final del día son el único recurso al que puedo recurrir para acercarme, para que me sientas, de alguna manera, entonces... no me voy a rendir.
Suelo asustarme al pensar que ya llevamos mucho tiempo juntos. Me aterra que el amor se desvanezca, no, no el amor, sino la emoción, la novedad, la exitación. No pasa día sin que extrañe terriblemente cada uno de esos primeros momentos con vos, la primera vez que escuché tu voz, la primera vez que te vi, y la primera vez que te vi sonriendo y me enamoré, la primera vez que te toqué en una caricia, el primer beso, la primera vez que hicimos el amor, las viviría de nuevo mil veces... no sé por qué. Sé que, si me concentro, puedo volver a sentir eso que me hiciste sentir en aquellos tiempos.
Tengo miedo de lo más bajo de nosotros, aquello que en todos los hombres (y mujeres!) desprecio. Esa eterna inconformidad que nos lanza una y otra vez a búsquedas inútiles e ilusiones idiotas, el eterno círculo de la insatisfacción.
Pero hoy, habiendo pasado muchos días con vos, muchos besos, muchas caricias, muchas miradas cargadas de la peligrosa electricidad del amor, al final del día me siento vacía, disconforme, necesito emoción... y en lo único que puedo pensar es en tenerte a vos. Como si fuera la primera vez... que te conectes, que me hables, que me mires, que me toques. Me salta de alegría el corazón de solo pensarlo. Pensarte. Alegría, emoción, novedad. Todavía tengo todo eso con vos.
Supongo que no necesito optimismo cuando tengo seguridad. La seguridad que siento en este momento, al final del día, cuando todavía puedo sentir esta terrible necesidad como recién estrenada... Te amo.
miércoles, 14 de abril de 2010
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