martes, 6 de abril de 2010

19 de marzo. Jueves.

Y estoy tan segura de la fecha porque en estos días, un poco a la fuerza, he tenido que poner los pies en la tierra.
Hoy no escribo desde un sucio y agotado tren en movimiento, a las 5am, anestesiada de rutina. Sobreexigida por el peso de llevar una existencia lejos, de todo. Emburbujada.

Hace dos días me mudé a Rosario, y con suerte, esto es empezar de cero. Estoy sola acá, pero con él. Justo antes de irme mi mamá me regaló, de un golpe casi estratégico, la liberación de mi liberación.
Nada podía haberme preparado para enfrentar al sol de mi vida y decirle que sí, que los rumores son ciertos, que esta arañita a veces piensa en enterrarse y no ver el sol nunca más. Justo cuando pienso que ya no puedo caer más bajo voy y hago algo así.

Qué irónico es que uno llegue a sentirse mierda suficiente como para saltar al incinerador y tenga que sentirse más mierda aún por siquiera pensarlo.
A veces la vida parece un cuento de nunca acabar...
Tengo que empezar a ser feliz... evidentemente.

¿Lo había dicho ya? Cuando lo hiero me hiero a mí misma.

¿Qué son esos gritos?

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