lunes, 6 de diciembre de 2010

Había una vez un lugar llamado Gaia.

Había una vez una princesita que buscaba un zorro que la domestique.

La princesita había dejado de tejer sueños con hilos de oro hacía tanto tiempo ya, que el solo tener los hilos en las manos le enredaba todas las emociones y la dejaba hecha un montón de nudos.

Había una vez un lugar llamado Gaia. La princesita cometió el error de creer que el lugar era mágico, entonces encontró un zorro, y el zorro la domesticó.

Con una aguja invisible el zorro tejió un bonito sueño en su corazón y la princesita sintió entonces que tenía que volver, a seguir tejiendo.

Ella no sabía que volviendo sobre el mismo hilo también podía destejerlo todo.
Y así sucedió.

Hasta que esperando al zorro, con tristeza y melancolía, se dio cuenta de que la magia la había llevado ella, la primera vez.

El zorro no apareció, porque no hacía falta. Apareció algo mejor.

Apareció un maestro que le enseñó a escuchar con el corazón. Apareció un compañero para perseguir lagartos y acompañarla de forma simple y alegre. Apareció un hada madrina que la hizo sentir protegida. Apareció un guerrero que olía bien con quien transitar la noche oscura del alma. Apareció una ninfa del bosque, descalza, que le regaló flores y sonrisas como el sol.

Y todos fueron sus amigos y volvió del lugar mágico con el corazón lleno.

Y con muchos, muchos muchos hechizos listos para ser usados.
Cuando una princesa es además maga, no hace falta ir a un lugar mágico para que lo extraordinario suceda.

Pero Gaia, tenés todo ese verde tan difícil de captar en fotos... que voy a tener que volver.